Crónica: el primer día después del ascenso del América

Por Joseph K




Ya todo pasó. Digamos la fórmula: se acabó el infierno. Yo prefiero otras palabras: se acabó la oscuridad, el invierno, el frío, la dureza. Se acabaron.

Ayer mi novia me decía que no entendía, que no era para tanto: mi novia que me veía llorar frente al televisor porque no tuve los huevos de ir al estadio. Me veía llorar como un niño desmesurado, como un hombre que ha sido rescatado de la muerte. Así, y la metáfora no puede ser más acertada. Fue un rescate de la muerte.

Mi novia me decía que no entendía. Y millones de hombres y mujeres en la tierra no lo entienden. Para ser franco, yo mismo no lo entiendo y para ser aún más franco, aquí no hay nada que entender. ¿O acaso el amor que siente el hombre por una mujer puede expresarse en fórmulas matemáticas? ¿Acaso existe la expresión exacta y perfectamente comprensible que condense al amor? No, no hay nada que entender. El amor existe y ya está, existe sin más, sin necesidades, sin justificaciones. Existe. Y de eso se trata esto.

Hay hombres y mujeres que aman su patria. Hay hombres y mujeres que aman su infancia, que recuerdan con nostalgias temblorosas los lugares en que fueron niños y soñaron y descubrieron el mundo. El América es para mí todo eso. Patria e infancia. Porque yo nací en el barrio, allí, en San Carlos, en donde el fútbol era y sigue siendo la alegría colectiva más buscada por sus hombres, por sus niños, por sus ancianos. Así que el fútbol es mi única y verdadera patria y el recuerdo general y ubicuo de mi infancia. El fútbol, las tardes en la cancha, mi padre llevándome de la mano al Pascual, mi madre vestida de rojo, los gritos de la victoria celebrada por todos y el silencio gris de las derrotas.



Sobre todo eso: el silencio gris de cinco años de oscuridad. Hay hombres cuyas tragedias consisten el abandono de una mujer, en la pérdida del dinero, en la muerte. Para mí la tragedia también fueron aquellos cinco años: mi casa se llenó de silencio cada domingo y mi padre no regresó al estadio. Aquello es el signo de toda nuestra tristeza: mi padre, el hombre que nunca abandonó, no regresó al estadio. “No mijo, yo no puedo, me duele demasiado y no puedo aguantarlo”, decía el viejo.

Pero aquello ya pasó. Hay algo en la atmósfera, como una amanecer nuevo, como una renovación del mundo. Algo. Para el resto del mundo, nada. Para mí, para los miles que durante estos años sufrieron, la vida cambió. El fútbol, la pasión del América es esto. Hay una alegría subterránea, callada: aunque sea irreal, el sol alumbra un poco más y mejor; hay una radiación leve en el aire, un conjunto de promesas latentes, una posibilidad, un futuro.

Hoy hemos ido al trabajo, a la universidad, hoy regresaremos a nuestras casas y besaremos a nuestras esposas con la felicidad recóndita de quien ha vuelto de un ostracismo atroz de años, de quien recupera su vida, de quien recupera el mundo. Nos miramos en el bus, en la cafetería, en el restaurante. Nos miramos, sin vergüenza, la humillación acabada, cómplices, compañeros silenciosos que apuramos el mismo dolor y la misma frustración y la misma pura y desbordada alegría: compañeros del amor y el sufrimiento. Nos miramos y lo sabemos: el América volvió, se acabó la oscuridad.




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