La miseria que podés encontrar en los semáforos de Cali

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Por Manuel Mañunga.

Nos han enseñado a desconfiar de los vendedores ambulantes, de los vendedores de semáforo, ¿pero por qué? ¿Solo porque la OIT piensa que eso no es un trabajo digno? Lo único indigno sería quedarse en la casa durmiendo esperando que papito Estado te dé la comidita y el subsidio mensual. La gente de los semáforos, de los carritos con galletas y fritanga tienen algo que vos nunca podrás encontrar: un trabajo sin horario de oficina y sin un jefe mandón que te insulte porque llegás 5 minutos tarde.

Podés criticarlos por su supuesta falta de talento para hacer arte callejero, que no son dignos de tus doctos ojos que conocen a profundidad las más retorcidas teorías francesas sobre el arte y la expresión corporal. Sin embargo, ellos tienen un talento que vos no tenés: atrevimiento.

Esa gente repudiable gana más que vos

A vos esta gente te parece repudiable, vergonzosa, burda. Te asqueás porque venden jugo de mango o limonada en el semáforo; pero a la vez los mirás con tristeza, ya que pensás que “El Estado debería hacer algo por ellos” cuando ellos ya están haciendo algo por ellos mismos: emprendiendo. Sí, emprender, porque no solo los que hacen apps en ParqueSoft son emprendedores, también es emprendedor la muchacha de las empanadas, el man que vende marranitas afuera de tu universidad. Ellos están haciendo la plata que vos pensás que te vas a ganar al entrar a una gran empresa y que vos nunca podrás ver en tu cuenta de ahorros porque “qué fo” vender, “qué fo que me vean” vendiendo arepas afuera de la universidad. Vendiendo simples empanadas o arepas, pueden llegar a hacer esos 4 millones que vos querés ganarte sentado en un cubículo gris sin vista a la calle.




La gente del semáforo tiene el poder de decir “hoy no voy a ese semáforo ni porque haya feria”, y quedarse todo el día en la casa durmiendo sin pensar “mierda, voy a perder mi trabajo”. El trabajo de ellos es variable, sí, pero siempre lo tendrán a la mano. No tienen miedo de perder el empleo porque no tienen, pero si no salen a trabajar no comen.

Tienen plena libertad para descansar

Si quieren tomar un descanso después de 2 horas de trabajo, lo hacen y ya. Sin permisos, sin memos sin horas descontadas del salario. Saben que si descansan mucho, pierden dinero, DINERO, no su trabajo. Esa es la libertad, la real. Pero es que nos quieren meter el cuento de que “necesitamos un trabajo digno”, que tenemos que “acabar con la informalidad”, ¡nos quieren arrebatar la libertad! Esos trabajos “estables” son la ruina del espíritu libre. Las empresas no son malas, lo horrible es pretender que soportarás 8 horas diarias de trabajo en el mismo lugar de siempre, en la misma calle y con la misma gente. Te estás mintiendo y lo sabés.

Trabajar en una empresa en horario de oficina te vuelve una persona miedosa, obediente de cualquier tiranía. Tu cuerpo cambia, dejás de ser atlético y hermoso. Le temés a gente que jamás has visto en tu vida solo porque “es el jefe”. La vida es miserable cuando tenés que marcar tarjeta o registrar con tu huella el horario de entrada y salida. Pero, ¿por qué renunciar a la libertad? ¿Solo por tener un salario fijo? ¿Por seguir la corriente de todo el mundo? Yo prefiero tener un trabajo inestables y dedicarme a lo que me gusta, así gane poco y tenga que vivir en un garaje, cosa que no está mal. Hasta me encantaría vivir en una de esas bodegas industriales pagando de arriendo menos de la mitad que debés estar pagando actualmente.




El freelanceo se parece mucho a otra cosa

Si cambias “vendedor de semáforo” por “freelance”, el artículo sigue teniendo sentido. Así que aventurate a ser freelance, pero tenés que recordar que esa travesía es solo para valientes que se atreven a romper el molde de un sistema que va en contra de su libertad. La libertad no te la da el socialismo, no te la da ese empleo de oficina: te la da tu trabajo y el libre mercado.

La miseria que encontrás en los semáforos no pertenece a los vendedores ambulantes, sino a la gente que está dentro de su carro, dentro del MIO: gente prisionera en la tortuosa comodidad que les brinda su empleo “estable”.

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