El día que un pastor cristiano intentó abusar de mí en su casa

Por Angélica, lectora de El Chontaduro




Mi nombre es Clara Isabel, ahora tengo 28 años, pero la historia que les voy a contar, ocurrió hace exactamente 15 años, cuando tenía 13. En realidad todo empezó ahí, pero ha sido una pesadilla tan larga, que tengo miedo que nunca termine.

Como anteriormente les dije, mi nombre es Clara Isabel, me crié en una familia clase media baja del barrio La Nueva Floresta en la ciudad de Cali, soy la mayor de dos hermanas, mi padre trabajaba en EMCALI y mi madre era cabeza de hogar.

Desde que tengo uso de razón, mi madre siempre fue muy fanática de las Iglesias Cristianas, asistía sin falta los martes y los jueves por la noche y los domingos toda la mañana a una iglesia que en ese entonces quedaba por el sur de la ciudad. Al principio mi padre no iba, porque decía que le prohíbian muchas cosas, como ver fútbol y tomar cerveza con sus amigos. En este tiempo él era muy hincha del América de Cali. Pero con el tiempo terminó yendo primero los domingos y después los martes y los jueves por la noche y, por supuesto, tenía que ir también yo, porque no tenían con quién dejarme, cabe anotar que, para ese tiempo, todavía no había nacido mi hermana menor, Alejandra.

Mi madre que de por sí era muy devota a su religión. Empezó a permanecer más tiempo allá pues ella era la encargada de recibir a los que iban llegando  y también en algunos días, de dar la palabra en lo que ahora se conoce como células. En ese tiempo se hacían en la casa de alguien perteneciente a la iglesia y era, digamos, un compartir entre todos. Entre esa gente muchas veces iba el pastor de la iglesia a quien muchos querían y del que tengo no muy gratos recuerdos.




Recuerdo con claridad que, como era muy niña, nos hacían aparte a todos los de mi edad y nos ponían a leer la biblia o a hacer dinámicas que me parecían muy divertidas, pues la maestra que nos las daba era muy amable y claro, demasiado entregada a la religión. Cada que nos veíamos los domingos teníamos que llevar hecha una tarea en donde resaltarámos las buenas obras de Dios en la humanidad. Todo era como una especie de doctrina muy invasiva, pero como era muy niña, pues no lo veía así.

El tiempo fue pasando, la iglesia se fue modernizando, el pastor ya no andaba en el carro que para ese tiempo tenía, sino que ya se había comprado una camioneta y también se había cambiado de barrio: ya no vivía en Floralia desde donde iba hasta al sur a dar testimonio, ahora vivía en el Caney, un barrio al sur de la ciudad, que para la época era uno de los más cotizados.

Mi padre completamente entregado a la religión, ya no tomaba licor y tampoco le gustaba el fútbol, sus amigos ya no eran los mismos y hasta ya se vestía diferente. Le gustaba colaborar mucho con las cosas de la iglesia y mantenía mucho tiempo dando palabra en casa de los vecinos. En realidad mi familia había cambiado mucho y pues mi mamá estaba embarazada. Corría el año 2001, tenía 13 años y al parecer todo era color de rosa en mi casa. Pero algo me hacía sentir muy extraña. Había algo que no me cuadraba pero me daba miedo contarle a mis padres.

Ya con 13 años, por obvias razones, dejé de asistir a las dinámicas infantiles de la iglesia y me pasaron a un grupo de jóvenes al servicio de la palabra. Había mujeres y hombres entre los 15 y 17 años de edad. Una amiga y yo éramos las menores con 13 y 14 años. Por lo tanto éramos muy inocentes y demasiado reservadas.

Recuerdo mucho que el pastor cada tiempo iba y nos visitaba y siempre llamaba a un cuarto aparte que había en  la iglesia a una de las muchachas de los jóvenes al servicio de la palabra y los demás decían que era para recibir testimonio y para ser liberada de las fuerzas del mal. Él, el pastor, decía que nosotros, los jóvenes, estábamos más expuestos a caer en los vicios y esas cosas. Nos pedía que no habláramos con nuestros padres las cosas que hacíamos con él, porque argumentaba que Dios tenía reservado algo secreto para cada uno. Igual a mí se me seguía haciendo muy raro todo.

La forma del pastor para tratarme cambió mucho, ya no me decía palabras como Dios te bendiga o buenos días, sino cosas como, como estás de bonita o ¿para quién te vistes así de linda?, ¿para Dios? – A mí, por supuesto me daba pena y me ponía muy roja. Nunca se me olvidaré del día que me llevó en su camioneta a comer helado con otro joven que hacía parte de mi grupo, y me pidió que me fuera adelante, al lado de él, cuando de repente me puso su mano en mi pierna y sonrío. Yo nuevamente me quedé perpleja y no dije nada.

Este tipo de comportamientos extraños continuaron durante mucho tiempo, él seguía llamando muchachas a ese cuarto que tanto hoy detesto y me seguía diciendo cosas. U una vez me tocó de manera muy morbosa mientras me saludó, me apretó tan fuerte que le pedí que me soltara, solamente me miró y se rió.

Ya un poco molesta con la situación, quise contarle a mis padres lo que estaba sucediendo, pero resulta que precisamente para esos días mi hermanita había sido bautizada en la iglesia y el pastor había sido escogido como su padrino. Mis padres lo adoraban y le tenían mucha confianza. Incluso le decían a él que me aconsejara y hasta una vez él fue mi acudiente para la entrega de notas en mi colegio.

Una vez, un día que no me lo esperaba, me llamó a mí al cuarto. Yo muy asustada fui a ver con qué me iba a encontrar. Entré, me abrazó, me cargó en una una de sus piernas y me pidió que le contara qué había hecho en todo el día. Yo, asustada, le conté, pero mientras lo iba a haciendo, empezó a frotar su mano en mis piernas, lo hacía mucho y con mucha intensidad, yo me sentía incómoda, no sabía cómo decirle que no lo hiciera, pero por miedo, me quedaba callada.

Así fueron las primeras veces durante muchos meses, la misma actitud siempre, y yo, tal vez por inocente, me dejaba y no le contaba nada a mis padres. Una vez acercó su nariz a mi cuello y empezó a respirar fuerte mientras me tocaba las piernas, hasta que me quité y me fui. Él solamente me dijo que recordara que era un emisario de Dios y que estaba aquí para protegerme junto con mi familia.

Pasado el tiempo y aburrida con esa situación, me puse rebelde en casa, no hacía tareas y me ponía a llorar cuando me llevaban a la iglesia. Mi padre se enojaba y me llevaban a la fuerza. Yo iba pero era grosera con todos. No hablaba mucho y cuando me llamaba al cuarto ese, ya iba predispuesta pero me aguantaba todo ese manoseo de ese señor, que cada vez se hacía más rico y más gordo.

La última vez que dejé que eso pasara fue precisamente un martes en la noche que mi madre estaba dando la palabra y mi padre recogiendo unas donaciones fuera de la ciudad. Él me llamó y yo entré, cuando empezó a hacer eso que siempre hacía, le dije que no, que parara o gritaba. Me sacudió fuerte y me regañó. Tuve que permitir que nuevamente hiciera eso, pero esta vez mandó su mano a mis partes intimas y me tocaba con fuerza. Yo solamente sentía un vacío en mi estómago y después lloraba mucho en mi cuarto sin saber a quién decirle.

Pasó mucho tiempo así. Yo soportaba y soportaba. No tenía a quién decirle, pensaba que nadie me iba a creer nada. Hasta en algún momento pensé que eso era normal y que de verdad eran cosas de Dios, porque al parecer, los demás jóvenes no se veían afectados, al contrario, cada vez era más entregados, no solo a la palabra, sino también a ese pastor y a su iglesia.

La última vez que permití eso conmigo y que siento que pude liberarme, fue cuando organizó una reunión de los jóvenes al servicio de la palabra en su casa. Como cosa rara, la reunión era solo para nosotros y los padres se quedaban en la iglesia dando la palabra o colaborando con otras cosas.

Un día antes pidió que las muchachas fueran en vestido y los hombres en traje. Yo no quería ir, pero como siempre, me tocó. Estando allá, me sorprendí de lo lujosa de su casa, no parecía de un hombre humilde, su esposa e hijos habían viajado a Panamá y por lo tanto estaba él solo. La reunión transcurrió sin ningún tipo de situación triste. Hasta recochamos y nos reímos. Pero cuando llegó la hora de partir, cada uno empezó a coger camino por sí solo, y él me dijo a mí que mis padres le habían pedido el favor que me llevara pero que le diera un momento mientras arreglaba la casa. Yo esperé ahí. No vi nada raro. Hasta que de arriba, del segundo piso, escuché un grito con mi nombre, era él pidiendo que subiera, que necesitaba un favor.

Yo subí, le pregunté que qué necesitaba y me dijo que me sentara y le dijera qué pensaba de él y por qué le tenía miedo. Volvió a hacer lo mismo: me sentó en su piernas y me tocaba y me tocaba las piernas. Yo no sabía qué hacer, me dejaba solo por el miedo. Volvió a poner sus manos en mis partes intimas y me alzó el vestido, mientras me obligaba a poner mis manos en su pene. Yo no sabía qué hacer, si gritar o llorar, hasta que no sé de dónde saqué fuerzas y empecé a gritar tan duro que un vecino desde afuera gritó el nombre del pastor y preguntó qué pasaba. Él se enojó, bajó, dijo que nada, yo salí al antejardín llorando, le dije al señor que solo me quería ir a mi casa que estaba asustada, pero no le conté nada. Llegué a mi casa, él me llevó, el pastor, en el camino no dijo ni hizo nada, solo me dejó en la casa, yo solo pedía que no fuera a empezar y gracias a Dios no pasó nada más.

Llegué a mi casa, nunca conté nada, nunca dije nada, no me iban a creer. Pero desde ese día ese señor jamás se acercó a mí.

Con el tiempo quise denunciar pero no me atreví. Jamás volví a la iglesia, hoy en día él es dueño de tres iglesias más, ya no vive en el país y mis padres siguen frecuentando otras iglesias. Mi hermana sí desde muy pequeña se dedicó a la natación y por eso jamás ha sido cristiana.




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