Crónica: el día que dejamos de ser jóvenes

Fue el sábado pasado. Doña Martha, la mamá del Ñato, nos invitó a una reunión sorpresa que le había preparado para su cumpleaños. La mamá del Ñato todavía vive en El Jardín, así que esa fue otra excusa para aceptar: quería ver cómo estaba el barrio en el que había crecido, en el que había vivido tanto.

Fui con mi novia. Llegué en la noche. La cuadra no es la misma. Ahora hay almacenes por todas partes, la calle se ha vuelto más transitada, también tiene más huecos y se ven todo el tiempo motocicletas desordenadas que dan la impresión de querer atropellar a quien se acerque. La casa de doña Martha es la misma, a mitad de cuadra, junto al gimnasio en donde, según me he enterado, dos mujeres han sido asesinadas a la entrada en los últimos dos años.

Allí, en la casa, estaban Diego y Pipe, un poco gordos los dos, bien vestidos, jeans, camisas adentro de los jeans, zapatos serios, diríamos nosotros. Asimismo vestía yo. Nos saludamos, reídos, pero no como antes, Presentamos nuestras novias, hablamos un rato, lo de siempre, lo usual: “Marica, estabas perdido”. “Pana, tenés que cuidarte, guevón, mirá esa panza”… “Uff, tenemos que vernos para jugar otro picadito”. Toda esa mierda de cómo va la vida, de cuándo te vas a casar, de cómo va el trabajo, toda esa mierda. Nos tomamos una cerveza y al rato apagamos la luz porque ya llegaba El Ñato.

Entonces la sorpresa, El Ñato con su novia, la risa, parceros, no lo puedo creer, ustedes por aquí; mamá, mucho el detalle; maricas, qué alegría verlos… En fin…

Todo fue así, hablamos de lo que se hablan cuatro amigos de toda la vida cuando se reencuentran 10 años después de que cada uno se abrió,  cuando cada uno ya ha hecho su vida: que el trabajo esto, que la casa aquello, que les presento mi novia, trago va, trago viene, que el año pasado fui a EE. UU., que ya estoy ahorrando para el apartamento, todo un reguero de la mierda más convencional del mundo.

Pero aquello no era lo importante. Como a las 12 de la noche, luego del pastel, de varios whiskies, de que las mujeres se hicieran amigas y empezaran a hablar de sus cosas, ocurrió también lo de siempre: El Ñato, Diego, Pipe y yo empezamos a hablar de nuestros recuerdos, de nuestra vida juntos en El Jardín.

Lo primero fue el fútbol. Los cuatro habíamos soñado con ser futbolistas. El Ñato y Diego jugaron en las inferiores del América, Pipe pasó por la Sarmiento Lora y yo estuve en las inferiores del Cali. Habíamos jugado desde chingas en  la cancha La Bombonera y en Santiago Apóstol, en San Carlos, al lado de El Jardín. Y luego, cuando ya teníamos 17 años todo se vino al piso. Al Ñato y a Diego les dijeron que si querían seguir tenían que pagar ellos mismos los pasajes para los entrenos y para los partidos. Pipe tuvo que empezar a camellar porque tuvo una hija. Y a mí, pues bueno, un día le dijeron a mi padrastro que si quería que me pusieran a jugar con los de la B, tenía que soltar $2 millones. Así fue todo, simple, hasta ahí llegaron nuestro sueños.

Nos convertimos en jugadores de barrio: todas las noches jugábamos micro, todos los fines de semana jugábamos fútbol en donde fuera, apostando gasimba, apostando la cancha sintética. Nos convertimos en eso, ahh, y también, descubrimos la rumba. Nosotros nos habíamos cuidado por el fútbol: nada de trago, nada de cigarros, nada de drogas, porque creíamos en eso. Pero todo estaba perdido. Así que fuimos empezando. Todo eso inició en el 2005. Cuando se terminó el sueño de ser futbolista, yo entré a la Universidad del Valle a estudiar ingeniería eléctrica. Muy pronto ya había armado una rutina: entre lunes y jueves, luego de llegar de la U, me iba a jugar futbolito con El Ñato, Diego, Pipe y Pedro, un amigo que era más joven y todavía le quedaba esperanza de llegar a profesional.

Así era de lunes a jueves. El viernes todo cambiaba. Era el día de la rumba, al igual que el sábado. Lo cuadrábamos todo durante la semana: el viernes Misti – K o Forum. ¿Recuerdan esos chuzos? Forum, Podium, LeBlonde, Misti-k… Esos chuzos a los que se solía ir con camiseta que fingía ser polo metida adelante y salida afuera, eran los tiempos del pantalón bota tubo, de Los Benjamins con su Noche de Entierro, de Pegao, de pura rumba con Wisin y Yandel, del reggatón clásico, como decimos los de El Chontaduro, de una electrónica barata que solo servía para empeparse… Eran esos tiempos. Nos volvíamos mierda, y nunca en la vida la pasamos tan bien. Era simple. Todos vivíamos en las casas de nuestras mamás y a todos nos daban algo de plata. Yo guardaba lo que me quedaba de la u y con eso me recogía 30 lukas para el fincho. Cada uno ponía 30 lukas. Recogíamos 120 y con eso alcanzaba para cinco baretos, un bolso de perico, el tarro de póper, un botello y lo de los taxis. Y entonces, la rumba.

Salíamos desde El Jardín, comprábamos los porros cerca al edificio de Comfandi El Prado y afuera de Podium o Forum, según fuera el caso, le comprábamos al tipo que fingía vender minutos el tarro de póper y el bolso de perico. Así era cada viernes y cada sábado… Nos dábamos en la cabeza de lo lindo y terminábamos siempre locos en la cuadra, allí en El Jardín, con los señores del barrio que escuchaban salsa tomando chirrinchi hasta el otro día. Claro, Danilo, el papá de El Ñato, Edison, y otros tantos, siempre estaban afuera de la casa de Edison tomando lo que sea que pudieran comprar y oyendo con unos parlantes gigantes que sacaban al antejardín salsa pesada. Dura. Ahí terminábamos, al lado de esos tipos que podrían ser nuestros padres oyendo a Camina como Chencha, El Negrito de la Salsa, A prueba de Fuego…

“¿Te acordás de esas rumbas Ñato?”, le pregunté. “Claro marica, si la pasábamos bien… Qué metedera tan seria… y ahora vea, llevo dos whiskies y ya estoy mareado”. Sí, de hecho todos estábamos mareados. Todo eso había cambiado. Nos habíamos convertido en unos tipos decentes que trabajan toda la semana, que juegan fútbol de vez en cuando un domingo y que beben solo en los cumpleaños o en las fiestas de las empresas. “Mirá en lo que nos convertimos”, dije, y nos cagamos de risa.

Hubo un tiempo, por allá en 2007, cuando nos cansamos de esas rumbas, y empezamos a armar fiestas en las casas de cada uno o sencillo, ahí en la cuadra. Salían Leslie, Pedro, Daniel, Cristian, Camilo, Caro, Vale, todos, y armábamos rumbas de pura salsa, y los que queríamos nos metíamos los pases a toda, y prendíamos los baretos y tomábamos, bailábamos pero todo se quedaba ahí, en eso, en la pura fiesta, nada de líos, nada de problemas. En la semana armábamos las canchas en la calle y jugábamos hasta la medianoche y alguno sacaba luego una jarra de agua helada para repartir. Esa era nuestra vida. De vez en cuando, si queríamos ponernos más pesados, nos íbamos para Juanchito y rematábamos en un reservado de putas feas por la Autopista Suroriental. Y empezaba la semana el lunes y lo mismo… Solo parábamos durante las vacaciones. En julio solíamos encerrarnos en la casa de Pipe a disputar campeonatos de fútbol en la play station… Todas las putas tardes jugábamos play y luego armábamos fiesticas de afán con amigas locas que teníamos… Amigas locas, fiestas muy locas… Droga, sexo, y si quedaba, un poco de cherrynol… Eso sí que era vida…

Pero  cuando menos pensamos todo eso también se acabó. Según los cálculos de mi mamá, yo estaba en 5 semestre. Pero no, veía materias de primero, segundo y tercero y estaba harto de los números. Entonces un día le llegué con el cuento a mi padrastro de que quería cambiarme a estudiar comunicación social. Me dijo: “pana, haga lo que le dé la puta gana, pero yo solo le voy a pagar la matrícula, usted rebúsquese lo de todos los días…”.

A mí me pasó eso. El Ñato se fue a vivir a México un tiempo… Resulta que ya teníamos 20 años y ni la mamá de Diego ni la de Pipe querían sostenerlos más, menos a Pipe que tenía una hija de tres años. Fue cuando nos abrimos. Yo empecé a trabajar en un bar de Aventura Plaza y me puse juicioso a estudiar. Cada uno se abrió. Luego nos vimos de vez en cuando. Mis papás se cambiaron de casa y nos fuimos a vivir a El Lido. Diego se fue para Panamá un tiempo y Pipe empezó a administrar un bar en la 66. Resulta que habíamos crecido, que ya todo había pasado…, que ya nos recibía la adultez.

Mientras hablábamos en la fiesta de El Ñato, le preguntamos a doña Martha si había pelados que jugaran fútbol como nosotros lo hacíamos en la calle todas las noches. “No mijitos, desde que ustedes se fueron esto se acabó. Esos pelados de hoy en día ya solo piensan en ganar plata, en trabajar y ya. Ya ni fiestas se ven por aquí… ¿No ve? Ni en diciembre se hace nada, en cambio ustedes siempre con es guachafita desordenando la cuadra…”.

Hubo un tiempo en que nosotros habíamos soñado. Y esos sueños se perdieron. Luego hubo un tiempo en que fuimos jóvenes, y todo eso ya se perdió, para siempre.

Eran las dos de la mañana cuando todos dijimos: bueno, nos vemos luego, ya es hora de descansar. Diez años atrás, a esa hora, la noche apenas estaba empezando.

 

 

 

 

 

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