Estudié comunicación social en La Jaime Echeverry Loaiza y ahora trabajo en un Call Center

Antes de empezar a contar mi historia, quisiera pedirles que, después de leerla, no sigan creyendo en ese sueño de fama y farándula que ofrecen estos institutos de garaje. Muchas gracias.

Redacción El Chontaduro

(Historia contada por una egresada de allá que no quiso revelar su identidad para no sentirse emproblemada o comprometida)

Antes de empezar a contar mi historia, quisiera pedirles que, después de leerla, no sigan creyendo en ese sueño de fama y farándula que ofrecen estos institutos de garaje. Muchas gracias.

Hace muchos años cuando la radio y la televisión eran el sueño de la mayoría de muchos adolescentes que soñaban con hablar en un emisora o presentar en un canal de televisión ya que no habían tantas opciones como hoy en día, yo terminaba mi bachillerato con la ilusión de poder estudiar comunicación social, y pues la verdad es que ya tenía claro que lo tenía que hacer en un instituto, puesto que en mi familia no tenían el presupuesto para pagarme una universidad privada como la Autónoma o la Icesi.

Me quedaba horas y horas escuchando programas como Insomnia de los 40 principales, o a veces El Cartel de La Mega, también me gustaban los mañaneros y uno que otro programa de la tarde. La verdad es que los locutores me parecían lo máximo y estaba segura que eso era lo que yo quería ser en la vida.

Terminando once y con unos resultados del ICFES muy buenos pero que igual no me sirvieron para ninguna beca, opté por empezar a buscar institutos de la ciudad, hasta que, entre tanta búsqueda di con uno llamado: Academia Jaime Echeverry Loaiza, uno de los famosos institutos de garaje cuyo dueño es un señor llamado como su academia y que se vanagloria todo el tiempo por toda su trayectoria en radio haciendo pautas, leyendo noticias y siendo voz comercial. El tipo se me vendió como un maestro en el tema. Yo en medio de mi ingenuidad le creí, ¿y cómo no hacerlo con un señor que todo el tiempo estaba modulando su voz? – me sentía como si estuviera escuchando un noticiero. Qué carreta la que me echó ese hombre. Lo que me pareció hermoso es que se tinturaba sus canas, y no solo las de la cabeza, las del pecho también.

Quedó todo pactado, apenas se acabaran las vacaciones iniciaría mis estudios en tan ”prestigiosa” academia de la cual se habían graduado los ”mejores” locutores de la ciudad, y pues que además ofrecía unas pasantías muy buenas, o sea que, estaba en el lugar indicado y por un precio muy barato, por momentos hasta pensé que don Jaime me iba a ofrecer plata para yo estudiar ahí. No importa, como sea, estaba muy emocionada, feliz y dichosa, estaba por empezar a cumplir mi sueño de ser una locutora profesional.

Empezaron las clases y poco a poco fui conociendo a todos los profesores, la verdad es que, la mayoría, tenían cierto ego y eran algo subidos porque hicieron o hacían parte activa de la radio de esos momentos, unos en FM y otros en AM, yo por mi parte ni los conocía, solo los veía cuando se bajaban del bus, compraban un café y entraban a dar la clase, algunos iban hasta con la misma ropa por dos o tres días seguidos. Don Jaime sí se vestía de gala a diario, parecía que cada noche tenía un evento por presentar. No hay que olvidar que es un hombre reconocido por amenizar desde bautizos hasta bingos. Su prolífica voz le da para todo eso y hasta más. Qué anciano encantador ese.

Se acabó el primer semestre y yo quedé como que había faltado algo, como cierto vacío, como que no sé, me pudieron enseñar más, pero no lo hicieron, esa era su metodología. De igual manera estaba entusiasmada y seguía con la idea de ser locutora. No quería nada más.

Para segundo semestre repitieron algunos profesores y entraron otros, sobre todo un anciano muy particular llamado Félix, se creía toda una institución de los medios, siempre le olía la boca a café y andaba con un ego más pronunciado que su calvicie. Qué viejo engreído y fastidioso ese. Se quedó en los tiempos de las máquinas de escribir y sus aportes eran obsoletos, mandados a recoger. No entiendo cómo es que a esa momia monofónica  y pretenciosa no la han pensionado ya. Desde ahí supe que las cosas no iban a estar bien.

Fue pasando el tiempo, las tales pasantías nunca llegaron, a pesar de que me decían que era muy buena y me destacaba, no me daban opciones de nada, los profesores a veces menospreciaban las clases, sentía que todo era más y más de lo mismo, las niñas bonitas, como siempre, tenían toda la atención y se las llevaban a las emisoras faranduleras. Yo ya estaba mamada. Aburrida y no me hallaba. Todo era una rosca horrible, pero don Jaime insistía en que siguiéramos ahí, claro, todo muy obvio, era su plata la que estaba en juego, a esa altura le valían tres toneladas de jopo nuestros sueños. O por lo menos el mío.

Llegó el momento de la graduación, me especialicé en periodismo deportivo, que allá es leer noticias de deporte y ya, una mediocridad tenaz, nos dijeron qué señoras palabras de aliento en el grado y nos fuimos cada uno para su casa. Yo sabía lo que se me venía. La había cagado hasta el fondo.

Cuando empecé a buscar trabajo en medios me preguntaban que de dónde me había graduado, y cuando decía el nombre de tan afamada academia, inmediatamente casi que sacaban a patadas, todos llegaban a la misma conclusión: ”la gente de allá sale mal preparada”. Sin conocerme ya me decían que no. También era porque no estaba buena ni era linda. Aquí todo funciona así. Desde que estudié en ese antro de garaje lo supe.

Pasaron dos años, no insistí más, perdí mi plata y mi tiempo, con ese cartón lo único que pude conseguir fue un trabajo como teleoperadora en un Call Center que todavía ejerzo. Y la verdad espero que nadie nunca les vuelva creer a esos embaucadores. Solo un 5% de la gente que se gradúa de allá logra ubicarse. Son unos vende humo. Desgraciados.

El Chontaduro

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