Le pregunto al que me atiende: “¿por qué solo vende productos Postobón?”

Ayer salí a caminar por Chapinero Alto. Eras las siete de la noche. El frío estaba hermoso. Salí sin chaqueta para poder sentirlo mejor y que se me helaran los huesos. Llevaba tiempo sin estar en Bogotá más de una semana. Los últimos seis meses venía unos pocos días y me regresaba de inmediato para Cali. Estaba con alguien que me esperaba casi que furiosa si me demoraba mucho en la Capital, ella tenía sus razones, nos amábamos, no confiaba mucho en mí, no sé… Lástima que le descubrieron un cáncer de estómago en fase III y de un momento a otro, su vida se apagó… Así que de nuevo volví a sentir esa libertad perdida, esa soledad libertina… No estoy feliz ni triste por ello… Somos pequeños alfiles en este gran tablero de ajedrez que algunos llaman vida… Solo unos pocos son reyes y reinas… La gente que me rodea… Tú… Yo… Ustedes, la mayoría que están leyendo esta basura, no hacemos parte del pequeño “gran plan” en el que unos pocos vinieron a reinar… Así que simplemente he vuelto a la misma mierda de siempre… La misma mierda desde hace varios años… Estar de aquí a allá esperando a que algún día el avión no aterrice… Esperando poder ser libre realmente sin redes sociales, sin gente, sin preocupaciones, sin drogas, sin alcohol, sin hembras, sin amigos, sin familia, sin deudas, sin gustos, sin dinero, sin preocupaciones, sin ni mierda… En fin… Me hacía falta estar unas buenas semanas en esta maldita urbe. Me hacía falta caminar por sus calles oscuras, llenas de gente malencarada, indigentes y personas arribistas que se sienten superiores porque usan abrigos y chaquetas. O quizás es como siempre las he percibido desde que llegué acá en 2009. Pura mentalidad de calentano que –a pesar de tantos años de lidiar con cabrones y también con gonorreas decentes de este chochal– no se me quita…




En Chapinero Alto vive pura gente joven. Pocos ancianos carevergas o familias mamonas con niños. Lo que más encuentras son estudiantes, homosexuales, lesbianas, feminazis, gente de otras regiones (costeños, caleños, paisas) que llegan a estudiar o comenzar a trabajar. Gente que cree que la está rompiendo porque paga en arriendo el 50% de su sueldo y porque se fueron de su maldito “pueblo”. Yo alguna vez fui de esos pendejos… También encuentras hipsters de poca monta y un montón de esnobistas que se creen una putería porque son fotógrafos, realizadores audiovisuales, chefs, publicistas de mierda, periodistas. Gente que tiene una librería, un restaurante orgánico, “vendecáctus o vendecupcakes”, dueños de bares y/o restaurantes que están empezando. Modelos, diseñadores, Djs, actorcillos, musiquillos y demás fauna humanista/artista/del entretenimiento que siente que es original pero que al final termina siendo la misma mierda homogénea de cierto nicho particular. La originalidad no existe. Dios no existe. El amor no existe. La amistad no existe. Las utopías no existen. Tú no existes. Las sociedades realmente no existen. Lo único real es el dinero y lo que puedas comprar o acceder gracias él. Lo demás es pura basura. Puros pajazos mentales con los que vivimos diariamente para sentir que estamos aquí por algo. Aunque debo confesar una cosa. En parte envidio a todos esos pelmazos porque al final, están haciendo lo que quieren y no están encerrados en una oficina con corbata –la mayoría– chupándole las bolas a un hijo de puta con más plata, que quizás nunca llegan a conocer…

En el Carulla de La Séptima con 63 había mucha gente como siempre. Un montón de borregos, de esclavos, que salen del gimnasio, del trabajo, de sus casas, a comprar lo que necesitan para sobrellevar sus vidas. Puros adictos a alguna mierda. Puros yonkis de alguna actividad en particular de la sociedad. Algunos de ellos serán drogadictos de verdad; drogadictos estrato cinco, seis, de esos que compran perico para pasar el día a día… En sus caras se les nota que dependen de alguna mierda para sentir que son felices…
Yo hacía rato que no hacía mercado, mi mamá es la que se encarga de eso en mi casa, así que agarré un cosito de esos que uno arrastra, una de esas canastas verdes con ruedas, y comencé a tirar en ella lo de siempre. Jamón, salchichas, queso, tortillas Bimbo, ají, arepas, hamburguesas de Zenú, té en polvo, uno que otro recipiente de fruta picada, elementos de aseo… ¡Maldita sea! Siempre creí que mis papás se encargarían de mi desodorante, mis talcos, mi crema dental y más mierdas. Creo que es lo más caro y valioso de la canasta familiar y de lo que ellos se deberían responsabilizar hasta el fin de sus días o mis días… ¿Para qué me trajeron al mundo si no iban a seguir cuidándome? ¡Qué gonorrea en la época que no tenía ni un peso cuando se me acababa algunos de esos productos! Era mercar lo de una semana o tener chucha y pecueca. Mantener con los dientes amarillos… Obvio siempre prefería pasar hambre y la semana se hacía más dura. Pero es que tres productos de aseo son como $80.000. Para mí eso era toda mi comida de siete días. (Panes, jamones, tortillas, quesos, ajíes, salsas y tés de limón). Me recuerdo contando monedas para el bus. Para las empanadas. Sacando la plata de la fiesta a un lado y decidiendo entonces cuál de los tres golpes suprimir. Hace poco me quedé sin un peso y rompí todas mis alcancías y volví a vivir lo mismo. La gente realmente nunca cambia… ¡Nunca!…
Durante un tiempo, en esa época, suprimí el golpe de la noche y hasta estaba flaco. Luego no aguanté más y preferí dejar de almorzar. Cada vez que mis compañeros me invitaban a que los acompañara a algún corrientazo barato o cuando tenían plata, a un lugar decente, me hacía el loco, me inventaba una excusa. La más común: “no he acabado este texto”. Con el tiempo cogí fama de vago porque siempre, supuestamente, me faltaba un puto escrito por terminar….
Suspiré… ¡MOSTANEZA! La mostaneza se convirtió –no sé en qué momento por allá después de los 2000– en uno de los principales productos que consumo. No entiendo cómo pude vivir más de una década sin ella. No sé cómo pudieron vivir nuestros abuelos, nuestros papás sin ella. En los 90 teníamos cuatro salsas: mostaza, de tomate, mayonesa y la rosada que uno hacía como todo un guiso mezclando la roja y la blanca de Fruco. Luego surgieron un montón de mezclas y la mostaneza llegó a mi vida para darle ese sabor que tanto necesitaba. Cuando uno es pobre, y no puede darse grandes lujos, la mostaneza aparece para darle otro matiz al malparido sándwich derretido y chicludo calentado en el microondas. O al rico pero sencillo wrap de soltero. Luego le hicieron “remixes”. Sacaron de distintos sabores (ranch, de ajo, BBQ) y mi vida tuvo mayor alegría. Tengo miedo de que un día llegue a un supermercado, a una tienda de barrio y mi preciada salsa deje de existir, la hayan retirado del mercado. ¿Esa mierda cómo se hace por si algo? No es por exagerar ni crear conmoción, pero cada vez que el universo se da cuenta de que algo me gusta mucho, me lo quita. Me lo arrebata. Y peor cuando es comida. Me ha ocurrido varias veces al pasar por una panadería y descubrir un producto “raro”. Qué un pan con salchicha. Qué un brownie con pistachos. Lo empiezo a consumir a diario. Lo vuelvo algo regular en mi dieta. A los días paso y que, “ya no lo vamos a volver a hacer”. ¡KARMA! Quizás fui un hijo de puta en otra vida, en esta, no sé…

Vuelvo a suspirar. Tengo 31 años y creo que siempre compraré la misma cochina comida de universitario pelao’… Lo más triste es que puedo a llegar a tener millones en la cuenta que sé que siempre compraré la misma mierda… Nunca aprendí a cocinar… Y me desespera esperar a que alguien me cocine, así que creo que toda mi cochina vida seguiré comiendo de forma “express”.
Sigo caminando por el supermercado. Voy a la sección de embutidos, “charcutería”. Junto a la de quesos. Tiro a la canasta jamones de pavo. Pastrami. Selva Negra. Ahumado. ¡Dios bendiga a Delipavo! Tiro paquetes de salami. Pepperoni. Jamón serrano. Tiro una bandeja de Gruyer. Una bolsa de Tilsit. Otra bolsita de Búfala. Siempre he pensado que el paraíso son quesos y jamones. Ojalá sí algún día llego al cielo me reciban con un banquete de esa mierda.
Continúo caminando, me cruzo con parejas de maricones. Parejas de novios heterosexuales. Solteros tristes y cansados. Universitarias hermosas. Treintañeras agraciadas que salen del Bodytech, del Spinning Center. A veces vengo a este Carulla a enamorarme. Siempre hay una que otra hembrita linda, fina, que se le nota la casta. Algunas son de Rosales. La mayoría de las veces imagino una vida junto a estas desconocidas. Por un momento me visualizo con ellas compartiendo un domingo con su familia, en una de sus fincas. Luego despierto…
—Señor. Se le cayó esto.
Volteo a mirar y un dependiente tiene mi billetera en la mano. No sé qué maldición tengo pero constantemente la pierdo. Este año la he botado muchas veces. Me la han devuelto amigos que la encuentran mientras caminamos. Desconocidos a través de Facebook… Se me cae siempre de la nada en fiestas. Casas de panas. Carros de conocidos. En varios Uberes. En camionetas de Cabify… Creo que me han rezado…
—¡Gracias!
Le respondo entre apenado y emocionado. Aún hay gente decente en este mundo. Me dan ganas de darle 20 lucas pero quizás se puede ofender. Sigo caminando por el pasillo de frutas y verduras. Estoy a punto de llegar a la cafetería cuando de la nada lo veo, a uno de mis mejores amigos de la niñez, por no decir mi mejor amigo. A uno de esos cabrones que conocí a los cinco años en el arenero del Colegio Berchmans. Está ahí sentando en las mesitas. Me detengo rápidamente. Hace años que no me lo encuentro. Me escondo detrás de una columna cerca de las ensaladas y por varios segundos, minutos, me quedo contemplando la escena. Carlos David está ahí sentado con una camiseta tipo polo roja. Un jean Levi’s 501, viejo, decolorado. Unos tenis Nike que le conozco de hace años. Ostenta unos kilos de más… Frente a él sostiene a una niña por los hombros, estoy seguro que es su hija. Una pequeña de dos, tres años, que se ríe con las caras que él le hace mientras la eleva por encima de su cabeza. La niña no se le parece en nada. No es mona ni ojiverde, ni tiene el pelo crespo. Al parecer sacó los rasgos de la mamá… ¡Maldito imbécil! ¿Cómo pudo llegar a eso? Hace apenas algunos años estábamos fumando bareta durante días en su apartamento de Chapinero Alto, a unas cuantas cuadras del restaurante donde Campo Elías mató a un montón de gente. ¡Pozzetto! Ese del que Mario Mendoza escribió la novela llevada al cine, “Satanás”. Recuerdo que cuando ese pendejo vivía allí comprábamos un “ladrillo” de marihuana de cien barras. Lo licuábamos y quedaba listo para prender mientras veíamos películas o videos musicales, casi siempre de algún artista pop o de reggaetón. A veces ni salíamos en todo el fin de semana. Nos la pasábamos trabados cagados de la risa. Iba agente, nos saludaba. Se iba. Se quedaba. Llegaba Michel, se dormía tras varios plones. Llegaban nuestras mejores amigas, Chava y Tatiana, con ellas pedíamos pizza o alguna mierda barata para comer. Aparecía Murillo, se emborrachaba, llegaba Pepe, con él jugábamos a “La Temperatura”. Un juego realmente estúpido pero instructivo y hasta entretenido. Nos metíamos un porro inmenso. Nos acostábamos los tres o los que estuvieran en la cama (era gigante), sacábamos el iPhone, abríamos la aplicación del clima y empezamos a adivinar cómo estaría la temperatura en ese momento en Moscú, Venecia, Cali, Sídney, Pekín y demás lugares del malnacido planeta. Casi siempre jugábamos a eso después de las diez de la noche, así que ya medio intuíamos cómo era el clima en X o Y lugar. A qué grados estarían ciudades de países a los que quizás nunca iríamos. La mayoría de las veces todos nos reímos hasta que ya el juego se ponía mamón. Otras veces hasta salíamos peleando y pedíamos que jugáramos otra mierda porque uno del parche estaba adivinando muy fácil. Nos la pasábamos en esas. Otras veces solo nos quedábamos viendo videos musicales. Analizando lo capos que se habían vuelto Wisin y Yandel. Lo duras que eran ahora Lady Gaga o La Roux. Luego llamábamos al “Paisa”. Le pedíamos unos moños de un kreepy hermoso con pelitos naranja. En el parche le decíamos “La Inception”. La verdad no recuerdo cómo se llamaba esa weed. Poníamos una comedia de Judd Apatow, par plones y nos levantábamos tres horas después todos desbocados, asustados, medio cagados de la risa, soñolientos, con la puta película ya por los créditos. Siempre nos pasaba la misma mierda con ese visaje… La vida en esa época era extrema. Nunca teníamos mucha plata pero íbamos a todas las fiestas y conciertos. Nos codeábamos con lo mejor de la escena indie electro alternativa sofisticada de Bogotá. Consumíamos de todo y hasta nos alcanzaba para los domingos ir al Tambor en La Calera o pedir pizza. Yo me ganaba $500.000 más 15 almuerzos en el periódico El Tiempo. Era un puto practicante… Luego pasé a trabajar en una agencia de revistas de mierda (institucionales). Hacíamos la revista de la antigua aerolínea Aires. La de la constructora Amarillo. La del CTI. Y dos mierdas nombradas dizque “Amigo Tendero” y “Salud y Mujer”. Me ganaba $800.000 pero así como llegaba ese sueldito, así se iba para diversos gastos y pagar mi habitación en el piso 13 de un penthouse del Edificio Ana María, cerca a la clínica Marly y el bar Casa Babylon. Allí vivía con una rola y un caleño a los que nunca veía… Claro que aparte mi papá me consignaba cada viernes $200.000. Jamás viví tan deprimido en mi vida. No me alcanzaba para nada. A veces mi jefe se retrasaba en los pagos y me tocaba llegar tarde a la casa. Salir muy temprano, para no encontrarme en los pasillos del apartamento, en la cocina, a la rola que ya debía estar rayada porque yo llevaba varios días sin pagarle “el arriendo”. Aparte que ese puto sector era una gonorrea de noche. Aunque estaba en Chapinero (en toda La Séptima), por alguna razón esas cuadras de la 47 a la 51 eran súper miedosas. Llenas de indigentes. Basura. Grafitis mal hechos. Edificios viejos… Posibles ladrones… Recuerdo que una vez –un miércoles– salí a la una de la mañana a comer algo. Aunque sabía que gastarme $20.000 en un combo del Corral del Star Mart de la 51 era todo un lujo, mis tripas lo clamaban. Salí y cuando iba caminando me dio por mirar al otro lado de la calle y vi a un negro escarbando unas bolsas de la basura. Lo miré aterrado y el negro dejó de escarbarlas y comenzó a cruzar la calle hacia mí. Salí corriendo de inmediato hacia la portería, le toqué al portero y cuando me abrió, me tiré contra el sofá que estaba para los visitantes. Don Armado cerró la puerta asustado y vio como aquel negro llegó hasta la puerta y se quedó mirándolo por un tiempo. Estaba petrificado. Yo más. Luego el negro se volteó y se fue. Ninguno de los dos dijo nada, solo nos quedamos ahí mirando a través de la puerta. El negro a veces pasaba, como con la esperanza de que yo volviera a salir. Ese día no fui capaz de ir al Star Mart. El portero me dio un par de galletas que tenía guardadas, con eso maté el hambre, luego nos quedamos hablando un rato y cuando no di más, me tiré en el sofá que había ahí en una especie de “lobby”. Don Armando no dijo nada. Sabía que yo no quería estar solo. El episodio con ese negro me había perturbado. Al otro día me levanté del sofá y me fui sin bañarme al trabajo.




A Tatiana y a Chava los papás les daban una mesada mensual, a Carlos le consignaban $160.000 cada lunes para la universidad, pagar la empleada y demás. Más $450.000 al mes para que mercara. Él decía nunca tener plata pero que gracias a Dios la comida no le faltaba. Carlos siempre me invitaba a comer los martes. Era el día en que la empleada iba y le cocinaba para toda la semana. Siempre me sentí mal de tragarme su comida. Para el jueves ya nos habíamos acabado todo el arroz y la carne con papas que ella le dejaba en la nevera. Pero ese marica jamás me sacó eso en cara. A veces yo recibía algo extra, alguna plata por unos tuits o un texto para alguna revista independiente, y hacía un mercado para dejarlo en la casa de él. Comprábamos nuggets, pizzas, pastas, jugos, alpinitos, kellog’s, maricadas congeladas o de fácil preparación que ese man sabía hacer. No fueron muchos mercados los que hice, pero creo que medio compensé todo lo que me dio. Otras veces mis papás me enviaban mecato, enlatados y los dejábamos en su apto para las monchis. Nunca entendí porqué mis cuchos en los seis años que estuve en Bogotá no fueron a visitarme. No conocieron los cuatro sitios donde viví. Total yo solo hablaba con ellos lo necesario, les tenía rabia por no ser millonarios, así que pues también fue algo buscado. Para esa época Carlos, Tatiana, Chava, Michel, y por una temporada Pepe, Murillo y “Jay”, fueron mi nueva familia. Teníamos vasos marcados con nuestros nombres. Nos la pasábamos juntos, manteníamos pendientes uno del otro. Era la verga…

La escena de Carlos jugando con su hija no me produce mayor cosa. Un ser humano normal hubiera sentido alegría, ternura, regocijo. A mí en cambio me empieza es a dar rabia. Empiezo a sentir como un calor interno me sube por todo el cuerpo. Cierro mi puño que está libre, con la otra mano aprieto la manija de la canasta con ruedas. Ante mis ojos aparece la esposa de Carlos. Aunque no tiene más de 33 años, luce como una señora de 42. Está medio gorda. El pelo negro hasta los hombros. Encima lleva varios abrigos. Tiene unas gafas gigantes para ver de lejos. Le da un beso a Carlos, él le entrega a la niña, se la lleva en sus brazos y ambas se pierden por el pasillo de las salsas y especias. Mi amigo se queda ahí sentado esperándolas. Tiene una sonrisa melancólica en su rostro. Tiene una sonrisa que deseo borrarle de la puta cara. Suelto la manija de la canasta con ruedas. Cierro el otro puño y me dirijo hacia donde está ese güevón. Lo siguiente que ocurre es que tomo a Carlos por el pelo, por detrás, a traición, sin avisarle, alcanzo a ver su cara de desconcierto al voltearse y luego se la estrello contra la mesa metálica. Se la estrello una y otra vez. Puedo escuchar como el marica grita furioso y aterrado. Puedo sentir sus brazos de un lado a otro pegándome levemente. Puedo escuchar los gritos de varias personas a mi alrededor. Pero yo estoy decidido. No me importa nada. Estrello una y otra vez la cara de mi amigo o examigo contra esa puta mesa que ahora se empieza a poner de color rojo escarlata. Van por ahí cinco estrelladas de la cara del cabrón. Una tras otra produciendo un sonido grotesco. Puedo escuchar cómo se quiebran los huesos de su cara. Puedo ver el dolor en sus gestos. Puedo escuchar sus labios, sus dientes chocar contra el metal frío. Nadie hace nada. Solo se escuchan lamentos. Llantos. Alguien pide que llamen a Seguridad. A la policía. No sé de dónde me sale tanta fuerza. Carlos deja de luchar en la octava estrellada. Yo emito un grito grave de satisfacción. Todo pasa tan rápido. Sus ojos ahora están totalmente blancos. Puedo ver como dos dientes reposan en un charco de sangre sobre la mesa. La cabeza de mi amigo se torna más liviana. Ya no hay resistencia. En la décima estrellada de su cara contra la mesa me detengo. Lo suelto, cae contra el charco de sangre y ahí queda el marica ese inmóvil, inconsciente, sobre la mesa, con los brazos colgando. La cara vuelta mierda. Me volteo, le doy la espalda. Miro al frente buscando la salida más cercana. Alrededor hay cerca de 20, 30, 40 personas, a varios metros de mí, aterradas, gritando, llorando, señalándome, grabándome con sus teléfonos celulares. Los de seguridad se vienen corriendo a atajarme pero se detienen cuando los miro a los ojos. Todo queda en silencio. Me limpio el sudor de la frente y comienzo a caminar hacia adelante. Empiezo a escuchar murmullos. Me abren paso unas señoras que se cubren la cara asustadas cuando camino a su lado. Los guardas siguen inmóviles y solo me miran. Los dejo atrás. Me meto por el pasillo del mecato. Llego hasta las cajas. Nadie me detiene. Las pocas personas que están allí me miran aterradas pero ninguna dice nada. Tengo las manos y la ropa salpicadas de sangre. Llego hasta la puerta. Cierro los ojos. Siento el aire frío en la calle. Los abro. Las luces del lugar titilan varias veces. Volteo a mirar hacia atrás. Volteo a mirar hacia el final del pasillo donde dejé a mi amigo vuelto mierda. La gente ahora está en sus actividades cotidianas dentro del lugar. Para nadie existo. Carlos sigue sentado mirando hacia un punto fijo. Su esposa ha regresado con su hija y como con unos juguetes o unas maricadas en la mano. Él se para y las recibe emocionado. Les da un beso a ambas y los tres caminan hacia la parte de la carne y el pollo. El cabrón no muestra señal del supuesto altercado que acabamos de tener. Me miro la mano y ya no hay rastros de sangre. Me dan ganas de volver por la canasta con ruedas donde dejé mi mercado pero me arriesgaría a encontrarme a ese imbécil con su nueva familia. Será mejore regresar al otro día. Decido irme del Carulla. A unos metros de la puerta un marica intenta venderme unas velitas de incienso. Lleva años en esas. Le compro dos cajitas, luego las boto en el tarro de basura más cercano. Nunca pude con esa mierda. Me huelen a hippie. A chuzo de artesanías… ¡Gas! Sigo caminando hacia un chucito de perros calientes callejeros. Imagino cuántas personas estarán teniendo sexo en ese momento. A cuántas estarán matando. Torturando. Cuántos imbéciles estarán naciendo en ese instante. Cuántos se estarán casando o suicidando. Llego al chuzo de perros y pido uno con todo. El lugar está lleno de taxistas. Está ubicado en una esquinita varias cuadras más abajo del supermercado. Durante años me alimenté de esos perros de dos lucas con gaseosa cuando salía borracho de algún antro. Ahora están más caros. ¿De qué animal será esa salchicha? A los tres minutos el man me lo pasa. Lo muerdo, tomo un sorbo de Pepsi. Pienso en la escena de mi amigo con su hija. Con la rara de su esposa. Carlos nunca había querido eso, o nunca me lo manifestó. Pero la gente cambia. O a veces la gente hace cambiar a otra gente… Ojalá realmente por fin haya encontrado la felicidad. Me acabo mi perro caliente, pido otro. Le pregunto al que me atiende: “¿por qué solo vende productos Postobón?”

Daniel Vivas   




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