La peor noche que he vivido como hincha del América

Redacción El Chontaduro

Mi papá y yo vivimos los últimos minutos con ojos de pánico. ¿El rival?, algún intrascendente equipo que a nadie le importa. Tras años de celebraciones casi rutinarias, de títulos, finales, caravanas tirando harina, estábamos a punto de ver unos penales que enviarían a la mechita al pozo más profundo de su historia. Un lugar que apenas un año atrás veíamos como un tropicalismo del tercer mundo: la segunda división.

El viejo siempre me contaba de esas épocas en que el América era un equipo de barrio, de los pobres de Cali, él decía que había nacido en el Colegio Santa Librada, que toda la vida había sido la escuadra de los obreros, de los vendedores ambulantes, de los negros y de los inmigrantes que venían a Cali buscando su sueño, como él, que llegó de niño a trabajar vendiendo flores afuera de un cementerio. Toda esa historia siempre me sonó extraña, yo solo había conocido al América de las estrellas, de las alineaciones de lujo que jugaban finales de la libertadores, un equipo arrogante que le ganaba títulos a Nacional en Medellín y que veía por debajo del hombro a su decadente rival de patio. ¿Qué de dónde salía la plata para esa vida de nuevos ricos? No me importaba, como a ningún americano le importó: un hincha de verdad solo quiere ganar, somos buenos maquiavélicos, la victoria siempre justifica los medios.

Cuando se acabó el partido el viejo soltó un madrazo que había aguantado desde el principio:

– ¡Hijueputa!, mijo, esto yo no lo aguanto. ¡Apague ese aparato!.

Me sorprendió la grosería porque el viejo se había vuelto evangélico, y llevaba un buen tiempo sin licor ni mujeres y, claro, sin vulgaridades.

– No papá, fresco, que esos manes se van a cagar en los penales. – le dije intentando darle tranquilidad – venga siéntese que no vamos a descender.

Y es que la historia del América era la del progreso de los pobres. Como él, que comenzó vendiendo flores y después de comer mucha mierda, había podido comprar una casa y cinco taxis, pagarle la universidad a los hijos y dejar que mi mamá se quedara en la casa tratando de hacernos gente decente. Había hecho bien las cosas el viejo, claro, sin atajos, sin traqueteo. En eso si que era diferente a la mecha.

En realidad sólo recuerdo los últimos dos cobros. El tigre Castillo tomó el balón con ganas, como un varón.

– Tranquilo viejo, el tigre no lo bota – le decía a él, pero tratando de calmarme a mí – ese man es un putas.

Cobró desganado. Como si estuviera jugando un torneo en la cancha del guabal. El arquero lo alcanzó a sacar.

Nos miramos y entendimos que era el fin. Estábamos en la B. Pero por reglamento quedaba un cobro. El equipo irrelevante tenía que meterlo para poner fin a la historia. Una dolorosa esperanza persistía.

Un arquero, para mayor deshonra, de apellido Chávez, vestido de amarillo, fue el tirano. Un totazo fuerte al ángulo derecho puso las últimas palabras del libro del América en la A.

Ahí estábamos. Nunca vi llorar a mi papá, lo miré a los ojos, una lagrima ya estaba bien abajo de su mejilla.

Nunca nos abrazábamos. Ese día sí, me cogió de la cabeza y me habló con la voz entrecortada:

– No seamos pendejos mijo, eso es un juego, nada más – el viejo siempre sabía qué decir –


Pasaron dos años, y por un pacto tácito, no volvimos a ver fútbol. Alguna estúpida pelea y la frustración que nos dejó el descenso, nos alejaron de ese ritual dominical de ver un partido juntos. Esas finales de mentira de la B, por ejemplo, nunca merecieron el sentarnos solos frente al televisor.

Lo que si ocurrió un miércoles cualquiera, es que me llamó a la oficina mi mamá, atragantada.

– Mijo. Su papá está acá en Imbanaco, véngase rápido.

No me alcancé a despedir del viejo, el infarto se lo llevó mucho antes de que yo llegara.

Y sí, el gol de ese ánonimo arquero vestido de amarillo que nos mandó a la B, fue el último gol que vimos juntos.

Ni se imaginan lo que daría porque el tigre lo hubiera metido, porque ese penalti que nunca entró se hubiera concretado. Mi papá y yo, como nunca ocurrió, abrazados, saltando, con un alivio infinito.

– Si vio mijo, la mechita aprieta pero no ahorca. Seguimos en la A, se acabó esta pesadilla. – me hubiera dicho con una  sonrisa, el viejo me hubiera abrazado y se habría despedido para siempre con un cocacho -.

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