5 razones por las que Cali es una mierda (y por las que hay que largarse a Bogotá)





Redacción El Chontaduro

Saqué el carro del concesionario. Me tomó tres años de ahorro, de trabajar con un jefe de mierda que olía a banano podrido, de quedarme tres días a la semana hasta las 11 p.m. metido en una hoja de Excel haciendo cuentas que a nadie le importaban, sentado en el escritorio de ingeniero junior que me habían asignado en el segundo piso de esa fábrica maloliente de carnes frías. Tres años de comer mierda, de almorzar arroz, lentejas y atún.

En el primer semáforo un negro de 20 años me limpió el parabrisas a la fuerza, a pesar de insistirle con vehemencia que no lo necesitaba. Llegué a mi casa, casi saltando, a mostrarle la “nave” a mis viejos. Los monté en el gran símbolo del éxito de su hijo, y los llevé a comer choladito a las panamericanas. Dejé el carro ahí cerca, cuidado por un güevón de esos con trapito rojo, disfruté la revoltura dantesca de hielo cochino y maracuyá. Pagué. Salimos. Ni el hijueputa carro, y mucho menos, el mueco del trapito, estaban por ninguna parte.

Ah, sí, muy de malas, se me robaron el Spark el día que lo saqué. Ah sí, se me había olvidado pagarle el seguro.

– ¡Cali Gonorrea! – Grité en la calle como un enajenado mental.

Lo primero que hice fue comenzar a buscar trabajo lejos de este hoyo de miseria, chabacanería y calor. Conseguí algo en Bogotá, y por eso les voy a contar las cinco razones para largarse de Cali para siempre.

 

  1. No quedás juagado de sudor por salir cinco minutos a la calle

No nos digamos mentiras, el clima de Cali es malsano y miserable. No hay derecho a que salgás a comprar unas frunas a la tienda, y llegués a la casa oliendo a guarapo, bañado en almizcle. El clima rolo, en cambio, te permite disfrutar de la calle a cualquier hora. No hace falta encerrarse, como si se tratara de un pueblo harapiento de la costa, entre las 12 y las 3 p.m. Punto para Bogotá.

2. El cuento de la rola fea es un mito

“Las caleñas son como las flores”. Cuento viejo y mentiroso que nos han hecho creer. En todo lado hay hembras feas y bonitas, nada qué hacer. Lo bueno de Bogotá es que acá te encontrás de todos los orígenes, de todos los colores y acentos. La variedad demográfica, y por supuesto genética, hace que Bogotá tenga una oferta femenina mucho más amplia y hermosa.




3. Las hembras no son (tan) interesadas como en Cali

¿No estás mamado de esa hembra tan operada, como tonta e interesada? Esa caleña promedio, buenona pero bruta, tetona pero ignorante, engreída pero ordinaria, llega a cansar a cualquiera. Acá en Bogotá podés encontrar muchas mujeres de mentalidad independiente, que no aspiran a sacrificar ningún marrano para cumplir sus sueños. Va ganando la ‘nevera’.

4. Mucho más que Guaro, Perico y Tusi

En la ‘Sucursal del Cielo’, existen pocos planes aparte de jartar aguardiente o salir de rumba a un chuchento local lleno de traquetos analfabetas. En la capital, en cambio, la oferta cultural es ridículamente amplia. ¿Que querés ver a la orquesta sinfónica de Viena? El miércoles en el teatro. ¿Qué te gusta Arcade Fire? El jueves tocan en el Simón Bolívar ¿Qué lo tuyo es el arte? Arrancás para el Museo de Botero en la Candelaria. En Bogotá hay vida más allá de la silicona y la salsa choque.

5.   Podés soñar con dejar de ser un fracasado

En esa ciudad-sancocho que es Cali, todo el mundo te quiere robar. Quitar las cosas que conseguís con esfuerzo. Arrancarte el relojito calidoso que compraste, quitarle los espejos a tu Twingo, bajarte de los tenis New Balance que compraste por internet. No se puede salir adelante en un lugar así, violento, lleno de atracadores y hampones. Claro, Bogotá tampoco es Zurich, ¿Pero quién puede dudar que es una ciudad más segura que la ‘sultana’? Solo un ciego. O lo que es lo mismo, un caleño.

***

– ‘Chino’, no se vaya a hacer chuzar – Fue de lo último que me acuerdo.

A la vieja la había conocido en un bar de la Zona T, una zona play para rumbear en Bogotá. Parecía una hembra de oficina bien vestida, culta. Me había ‘tramado’ desde que la vi. Nos tomamos unos traguitos, y la invité al apartamento que había alquilado en Suba. La hijueputa como que le echó alguna mierda al trago, y casi me mata de la sobredosis.

Ni el vigilante, ni los del conjunto, respondieron por el televisor, el Play Station, el iPad y el portátil que se me llevaron los hijueputas. Menos por los cinco palos que me sacaron de las tarjetas de crédito, ni disculpas me pidieron cuando volví después de tres días de estar en la clínica.

– Son una banda de monas tetonas que acostumbran a robar pendejos como usted – Me dijo el policía cuando fui a poner la denuncia.

– ¿Y de dónde son esas desgraciadas? – Le pregunté

– De aquí mijo, dicen que son de Bosa.

Salí, de la putrefacta estación de policía. Entumido del frío tan verraco, con un dolor de cabeza insostenible, con tres mil pesos en el bolsillo, fui a buscar algo de comer a una panadería.

– Me da un pandebono por favor – le dije al vendedor de mejillas coloradas.

Le metí la muela, esperanzado en sentir algo de alivio a mi asquerosa situación. Pero lo que encontré fue el sabor del dulce de guayaba, que de manera aberrante habían introducido en la mitad del inmaculado pandebono. Ahí tomé la decisión de volver.

– ¡Qué hijueputas! Cali es Cali, lo demás es loma. – Le dije al boyacense que me miró confundido mientras yo tiraba su insolencia a la basura.




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