Por Tomás Huerta

Como Arthur Fleck, mejor dicho, como el ‘Joker’, hay un buen número de sujetos resentidos en Colombia, que no habiendo obtenido en su vida ningún tipo de logro, marginados por su propia incapacidad, encuentran en la destrucción su único consuelo.

Son esos, los fracasados por su propia voluntad, los que cada quince días salen a la Pasoancho a quemar llantas, asustar señoras y detonar explosivos. Subnormales.

Son los fracasados los que no sirven para estudiar, menos para trabajar, y solo les queda llenar sus patéticas agendas con una marcha el lunes por la tarde, un plantón el miércoles en la noche y una asamblea el viernes en la mañana (eso sí, después de las 10, que madrugar es opresivo). Lamentables.

Los fracasados, aquellos que solo encuentran consuelo de su anodina existencia escribiendo insultos frenéticos en redes contra todo lo que no entienden, que el ‘capitalismo’, que los ‘fascistas’, que la ‘derecha’… Ridículos.

Esos fracasados son los que encuentran en la destrucción el propósito de su vida, y sus héroes son aquellos que abrazan el caos, la nada.

Su nihilismo infantil los invita a idolatrar por igual al Joker asesino y a los demagogos socialistas que, disfrazados de utopías, a fin de cuentas representan lo mismo: el mal.

Su héroe no es Batman, sino el Joker. ¿Por qué? Sencillo, su fantasía no es la del progreso y la paz, todo lo contrario, su paraíso está en el infierno.