Redacción El Chontaduro

 

“Cali es Cali, lo demás es loma”, “La sucursal del cielo” o “Las caleñas son como las flores”, son algunos de esos dichos, en apariencia inocentes, que rondan la cabeza del caleño promedio y que han construido una narrativa según la cual Cali es una especie de paraíso terrenal, el reino de la felicidad y la alegría. Tonterías que hay que erradicar, si es que algún día queremos salir del atolladero. 



Hace falta ser un total provinciano, mejor dicho, un montañero ignorante, para creer esa serie de estupideces sobre lo “maravillosa” que es esta ciudad, al contrario, nos hemos tenido que inventar una serie de mentiras con el fin de engañarnos a nosotros mismos, y de esta forma, hacer la vida más llevadera en este rincón olvidado del planeta. Algo similar a lo que hacen esos padres, que después de tener un hijo medio deforme, feo hasta la médula, no dejan de repetir una y otra vez lo lindo que es; creen que de tanto insistir en la hermosura de la criatura, por arte de magia, dejará de ser un pequeño renacuajo.

Asesinatos todos los días, fleteos en cada esquina, atraso económico, dirigentes iletrados y seniles, una clase media agobiada por los maleantes y una enorme gleba ignara agolpada en ese monstruoso Distrito de Aguablanca, que parece un barrio de Haití o del África subsahariana. ¿A quién se le ocurrió esa tontería que Cali es la capital del cielo? Tal vez si uno es un provinciano recalcitrante, si nunca en la vida se ha montado en avión, ha leído un libro o una revista, podría caer en ese regionalismo irracional.

Si vivimos acá es porque, por desgracia, nacimos en este sitio y no hemos tenido la oportunidad de huir, pero cualquiera con dos dedos de frente, preferiría Amsterdam, Barcelona, Praga o San Francisco para hacer su vida.

Basta haber salido del país, o al menos, viajado a Bogotá, Medellín o Cartagena, para darse cuenta que Cali está hundida en una crisis profunda, que es una ciudad olvidada, atrasada y violenta, que lleva 40 años sin progresar,  y que al paso que vamos, pasarán otros 40 para que pase algo digno de ser reseñado en esta ciudad.

Pero tal vez el mito urbano más estúpido de todos, es aquel que ha graduado a las caleñas como las “más bonitas del país”. Acá somos felices burlándonos de las rolas o de las pastusas, sacando pecho por, se supone, tener las mujeres más lindas.

¡Qué tontería! Si en esta ciudad lo que abunda es la silicona barata, el jean sin bolsillo y la ramplonería estética más repulsiva. Por supuesto que hay caleñas hermosas, muchas de ellas arruinadas por la cultura traqueta y sus exageraciones agropecuarias. Pero también hay paisas, costeñas, bogotanas, muy lindas (y menos guisas).




No nos engañemos, nuestras mujeres no son más lindas que las mujeres de cualquier otra ciudad, dejemos de hacer el ridículo pasando por imbéciles repitiendo esos regionalismos baratos. Dejemos de creer que Cali es el centro del mundo, que somos la ciudad más “especial” y “alegre”. Nada de eso. Un rincón, más bien feo y subdesarrollado, en un país, como Colombia, también feo y marginal.

Que ahora no me vengan con sus quejas, acusándome de ofender a las caleñas, ¡Nada de eso! Si algunos ofenden a las mujeres, son aquellos que insisten en el sonsonete ese de que las “caleñas son como las flores”. ¿Y entonces las feas valen menos? ¿Tienen que ser bonitas porque sino no valen como caleñas? Los machistas y atarbanes son ustedes, no nosotros.