Por Nelson T.*

 

“Sino fuera por esta gentuza, esta mierda no estaría tan llena”,  me gritó al oído un joven al que nunca había visto en mi vida, mientras yo almorzaba en la cafetería de la universidad. Hace unos días habían comenzado las clases y les puedo asegurar que no era la primera frase de rechazo, de odio, que había recibido de mis compañeros y de gente, que como él, ni siquiera me conocían.



En mi colegio, el Antonio José Camacho, siempre me destaqué por ser uno de los mejores estudiantes. Conseguir el cupo allá, uno de los mejores colegios públicos de la ciudad, es algo de lo que siempre ha estado orgullosa mi mamá. Ella, una madre soltera, nos ha sacado adelante a mí y a mis dos hermanitos que todavía están en el colegio, trabajando como empleada de servicio de una familia que vive en Cristales. Como ustedes se imaginarán, nunca hubo para lujos en mi casa, pero ella siempre me ha inculcado la importancia de estudiar para ‘salir adelante’, con ese trabajo de ella, tan duro, logró comprar nuestra casa en Terrón Colorado y, eso sí, nunca ha dejado que ni yo ni mis hermanos pasemos un día de hambre.

La alegría que le dio cuando le conté que me había ganado uno de los cupos del programa Ser Pilo Paga para la universidad fue enorme, se puso a saltar y a llorar de la emoción. Yo sabía que con mi Icfes podía entrar a la carrera que quisiera en Univalle, pero con el subsidio y los beneficios que ofrecía la universidad, siempre pensé que la mejor opción era la Javeriana, y efectivamente, elegí esa universidad. Decisión que me ha costado muchas lágrimas, y de la que me he arrepentido todos los días desde hace un año.

Campus Universidad Javeriana Cali. Fuente: Instagram.

Escogí Ingeniería Industrial, porque siempre me gustaron los números y por la salida laboral que tiene la carrera. Mi mamá estaba tan contenta que pidió un préstamo en el Banco de la Mujer, pero cuando los señores de la casa donde ella trabaja, que son muy buenas personas, se enteraron de la beca, me regalaron un millón de pesos para que comprara ropa, maletín y los cuadernos. Les juro que ese día que me dieron esa plata, y luego cuando me fui al centro a comprar las cosas, ha sido uno de los mejores de mi vida. Tenía una ilusión enorme de entrar a una universidad tan buena, con tanto prestigio, veía que mi futuro iba a ser mucho mejor, que iba a lograr ser un ingeniero y, sobre todo, ayudar a mi mamá.

Por desgracia, todo comenzó a desmoronarse desde el primer día que entré a la universidad.

Las burlas y el desprecio

Todavía recuerdo el día de la inducción, una psicóloga nos puso en ‘mesa redonda’ a todos los primíparos de la carrera y nos pidió que nos presentaramos.

– Soy Juan Felipe y vengo del Pio XII – comenzó uno de los muchachos.

– Maria Camila del Stella Maris.

– Sebastián de La Cordaire.

Fue mi turno.

– Nelson, del Antonio José Camacho.

No había terminado de decir el nombre de mi colegio cuando se escuchó un grito burlón.

– ¡Becado! – todos se ríeron

Y cuando la psicóloga los comenzaba a reprender, otro remató con:

– ¡Guiso! – y las risas se volvieron carcajadas.

Desde ese momento dejé de llamarme Nelson, en adelante algunos, los más patanes, cuando me ven me dicen ‘El Beca’, pero la mayoría simplemente me ignora, como si no existiera. Por desgracia en mi semestre solamente eramos dos becados, la otra, una niña de Buenaventura, que era la única con la que yo mantenía y con quien hice todos los trabajos el primer semestre, no aguantó más y un día me dijo:

– Yo a estos gomelos no me los aguanto más, ya me inscribí a la Valle.

A estas alturas ya está estudiando allá, supongo que mucho más feliz que yo.

Ustedes no se imaginan el dolor que sentí el día que estrené los tenis que me había comprado con la plata de los patrones de mi mamá, apenas me vieron mis ‘compañeros’ comenzaron a reírse, a decir que eran los ‘7 cámaras’ a preguntarme qué dónde me había robado eso tan feo… mejor dicho a tratarme de delincuente y, como siempre, a llamarme ‘guiso’.

No tengo amigos en la universidad, es todo lo opuesto a lo que imaginé, a ese lugar de alegría, de amigos, de paseos. Con sinceridad les digo que solo me dan ganas de llorar cuando los viernes los oigo planeando a qué casa se van a ir a tomar, a dónde van a salir a rumbear, a qué finca se van a ir de paseo, y a mí ni siquiera me determinan, como si tuviera una enfermedad contagiosa.



La depresión

Cuando le dije a mi mamá que no quería volver a la universidad se puso a llorar desconsolada, a aconsejarme, a decirme que no podía tirar la toalla por una gente estúpida, que no podía perder los beneficios de la beca. Y si soy honesto, sigo estudiando allá, viviendo ese desprecio diario de esa gente, solamente por no ver sufrir a mi mamá.

Por fortuna, y como ya les dije, los patrones de mi mamá son gente muy humana, a diferencia de mis compañeros, a pesar de tener mucho dinero. Una vez vieron llorando a mi mamá por mi situación y porque le había dicho que no iba a volver a la universidad, y que me iba poner a trabajar, y me mandaron a llamar, hablaron conmigo, me aconsejaron y me pagaron unas consultas con un psicólogo.

El psicólogo me diagnosticó que yo tenía un cuadro de depresión leve, y claro cómo no, casi todos los días llegaba de la universidad a llorar en mi pieza. Pero él me ha venido ayudando con consejos para manejar mi ansiedad, aislarme de las situaciones de bullying. Bueno, no es una solución definitiva pero me ha ayudado muchísimo y ahora no lloro tanto, incluso desde hace unos días comencé a ‘parcharme’ con unos becados de otra carrera, que vienen de Santa Librada, y pues ya juntos y con amigos la cosa es más llevadera.

Claro, de todas maneras cuando pasa alguien por tu lado y te dice “Marginal, ¿por qué no volvés a tu favela?”, se me hace un nudo en la garganta, siento como un puño en el estómago. Solo le pido a Dios paciencia, aguante y que impida que un día haga una locura y termine peleando con alguien.

* El nombre y la carrera fueron cambiados para proteger la identidad de “Nelson”.