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3 planes GUISOS que todo caleño quiere hacer apenas se acabe la cuarentena

Redacción El Chontaduro

Los caleños somos “pata e’ perros” por naturaleza, nos gusta y amamos la calle. Tanto así que tuvimos el descaro de inventarnos una palabra para denominar a ese acto de vagar sin sentido por la ciudad, sin tener propósito alguno y ni siquiera destino. Porque cuando uno se va de Borondo, el destino es “embolatarse” en San Antonio o “parcharse” un rato en la Loma o terminar echando paso en alguna tienda del Obrero.

De ahí que esta miserable pandemia nos haya golpeado donde más nos duele: en nuestra libertad de oler y comernos a Cali. Sin que lo advirtiéramos, se volvió delito sentir la brisa de las cinco, reírse en un estanco con los amigos de toda la vida y lo de darle un pico en la mejilla a una amiga merece pena capital.

Pero les voy a ser muy directos: Lo que más extraño es esos planes de nosotros los guisos. No me hace falta comer en un restaurante de Granada ni mucho menos jugar unos hoyos de Golf con mis amigos del Campestre (lo que es obvio, porque ni sé jugar Golf y tampoco conozco a ningún socio del Campestre).

Lo que extraño esa rara habilidad que tiene la Sultana para hacernos felices con 10 mil pesos en el bolsillo. Lo que hacemos los vaciados, los ordinarios, los guisos.

  1. Chupar trompa con una hembrita en la Colina

Si no había ni 30 lucas para un rato en un apartahotel low cost, otro espacio siempre era asequible para hundirse entre las carnes del ser amado: La Colina de San Antonio.

Ya no es el temor a que la Policía te saque en el mejor momento de la noche, porque ya es muy tarde y tienen que “cerrar” el parque, sino el peligro de que Jorge Iván llegue con el escuadrón Caza-Covid a condenarte (a cadena perpetua) por cometer el delito de manosearte y, por lo tanto, exponer a la ciudad al apocalipsis.

Con seguridad, apenas salgamos de esta pesadilla, una camionada de guisos (entre ellos yo, por supuesto) iremos con lo “nuestro” a darle el uso debido a ese peladero.

2. La piscina de olas

Por más guiso que sea esa vaina, apenas pueda, voy a dejar la vergüenza y de lado el “qué dirán”, y me voy a echar “nado” en la piscina de olas del Parque de la Caña.

La única vez que fui tenía 9 años, fue el paseo escolar del “año” en un colegio privado de barrio (muy pobre) en el que hice la primaria, y creo que no es exagerado decir que fue el día más feliz de mi infancia.

Toboganes, “tarzanera”, lago con ciclo-barcos, como diría Duque, ¿De qué Disney World me habla Viejo? Nada como ese mítico foco de infecciones acuáticas ubicado en frente de la Base Aérea.

Apenas se acabe este mierdero, e ignorando el resto de enfermedades de las que seguramente me voy a contagiar, volveré a ser feliz en el Parque de la Caña.

3. ¿Pico pala?

Extraño celebrar un gol en la cancha del barrio. Apenas se acabe la cuarentena voy a armar un combinado con mis amigos de la infancia, sumado a algunos viciosos que nos encontraremos en el parque, para jugarnos un cotejo de micro.

Nada de alquilar una cancha sintética. Quiero anotar un gol mientras siento el aroma de un porro que baja de la “tribuna”. Quiero sentir el pánico de que en cualquier momento lleguen a darle bala a nuestro arquero. Rezar para que en el equipo contrario no haya ninguno “enfierrado”. Y esa adrenalina solo la volveré a sentir en una cancha de El Guabal o Cristóbal Colón.

La peste nos prohibió abrazarnos, pero cuando salgamos de este hoyo, quiero hundirme en un abrazo con los parceros cuando el “Chiqui” meta el gol de la victoria. Me va dar igual que tengan chucha, porque significará que, como con el Covid, ganamos el partido.